USO DE RAZÓN.  ESTA ES LA CUESTIÓN. © Ricardo García Damborenea

 

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LA CUESTIÓN EVALUATIVA

 

  

 

Índice:

¿Cómo justificar un juicio de valor?

Los criterios para valorar

El argumento pragmático

¿Cómo se replica ante un argumento pragmático?

El argumento moral

¿Cómo se replica un argumento moral?

Conflictos

El peso de las circunstancias

Ejemplo

Resumen    

Consideraciones finales:

      Los hechos son objetivos y los valores, relativos

      Los valores forman jerarquías

      Estamos ante cuestiones de grados

 Falacias

 

No nos mueven las cosas, sino los pareceres sobre las cosas. Epícteto.

 

 

  El tercer debate que suscitan los hechos se ocupa de su valoración. Ya no se trata de polemizar sobre si las cosas son o no son, si ocurrieron u ocurrirán, de esta o de aquella manera. Tampoco se discute si debemos bautizarlas con un nombre u otro. En esta cuestión nos limitamos a establecer si los hechos evidentes o admitidos y se llamen como se llamen nos parecen bien o nos parecen mal; si la iniciativa que se nos propone la estimamos aceptable o perniciosa.

 

           El árbitro actuó correctamente.

           El aborto es un mal inevitable.

           Debiste consultar antes de hacer nada.

 

   La controversia surge con facilidad en este campo porque estamos ante juicios subjetivos sobre cosas que nunca son absolutamente buenas o malas.

 

        Es la mujer del hombre lo más bueno;

        Es la mujer del hombre lo más malo;

        Su vida suele ser y su regalo;

        Su muerte suele ser y su veneno. Lope de Vega.

 

   Una misma cosa puede parecer buena y mala, es decir, admite valoraciones contradictorias. Esta es la principal carac­terística de la cues­tión que nos ocupa y, también, su mayor dificultad. Nuestras razones no podrán alcanzar nunca la contun­dencia que permite el debate sobre la realidad de los hechos, por­que en las valoraciones nadie puede enarbolar la verdad, esto es, nadie puede alegar una razón irrefutable.

 

        — ¿Cuál es el tema de su sermón?

        — Hablaré del pecado.

        — ¿A favor o en contra?

        (De la película Mr. Belvedere llama a la puerta).

 

   Al discutir una Cuestión de hechos sostenemos afirmaciones que necesariamente son ciertas o falsas: ocurrió/no ocur­rió. Como las cosas no pueden ser y no ser al mismo tiempo, una de las versiones ha de resultar necesariamente cierta, la otra, falsa y, al menos en teoría, podríamos verificarlo. Tal vez seamos incapaces de hallar la ver­dad, pero sab­emos que existe una verdad. Si yo digo: En la cara ocul­ta de la luna hay res­tos de una nave del hiperespacio, mi afir­mación ofrece solamente dos posibilidades: que sea cierta o que sea fal­sa. O fumar hace objetivamente daño o fumar no hace objetivamente daño; o está prohibido copiar en los exámenes o no está prohibido, ésta es la cuestión.

 

    En los juicios de valor no se puede decir lo mismo. No tiene sen­tido afir­mar: es cier­to que es bueno; es men­tira que sea cómodo... No se exponen para decir la ver­dad, sino para ofrecer una apreciación. Lo opuesto a una ver­dad es una falsedad; lo opuesto a una valoración es otra valoración. Ante ellas lo único que cabe es compar­tirlas o rechazarlas. Si decimos:

 

           La televisión pública debe competir con la televisiones privadas.

 

podrá uno estar de acuerdo o no, aceptarlo o combatirlo, calificar la idea como bril­lante o reaccionaria... Pero no podrá sostener que sea falsa. Ante juicios como:

 

           Las películas de John Ford son una escuela de humanidad.

           Algunos lieder de Schubert son muy emocionantes.

           Fumar es un placer.

 

carece de sentido preguntar si son ciertos o falsos. Tasamos un hecho por­que nos parece e­quitativo, opor­tuno, razonable, placentero, adap­tado a la situación, etc. No por­que sea cierto. Por muy bien fun­damentada que esté la sen­ten­cia de un juez (es un hecho que existe una prohibición y es un hecho que se ha infringido), nunca fal­tará quien se crea con razones para sos­tener que ha sido injus­ta. Una cosa es la legalidad (cuestión de hecho) y otra la justicia (valoración).

 

   No discutimos, pues, sobre cómo son las cosas en realidad, sino sobre cómo nos parecen. Empleamos con frecuen­cia el verbo ser: esto es bueno, como si tuviéramos un conocimien­to preciso de la calidad objetiva de las cosas. No es así. Para cualquier persona con las meninges sin al­midonar, queda sobreen­ten­dido que se ha dicho: esto me parece bueno, lo que e­quivale a admitir que pueden exis­tir pareceres contradictorios justificados.

 

 

1. Cómo justificar un juicio de valor

 

   Depende de lo que pretendamos. Quien ex­pone un juicio de valor y no desea per­suadir a nadie, se ahorra la jus­tificación porque su gusto es soberano. No cabe controversia donde cada uno guarda su perra gorda. Guz­mán de Alfarache escoge un criado listo pero gran ladrón y bellaco, porque le importa más saber a qué atenerse y estar en guardia que confiar demasiado.

 

        Sillock¿Por qué prefiero tomar una libra de carne a recibir tres mil ducados? (...) Tal es mi carácter. Si una rata perturba mi casa y me place dar diez mil ducados por desem­barazarme de ella ¿qué se puede alegar en contra?[1]

 

   Por el contrario, si uno pretende persuadir a otros para que compartan las mismas valoraciones, deberá fundamentarlas, jus­tificarlas con buenas razones, cargarse de razón. Para ello precisará apelar a criterios compar­tidos por los oyentes sobre lo que es bueno y malo en general. No es difícil disponer de ellos cuando juzgamos en tér­minos de utilidad o moralidad: es bueno gastar menos de lo que se gana; no es bueno matar. Lo contrario ocurre en las valoraciones es­téticas, porque carecemos de criterios com­par­tidos sobre lo bello o lo placentero. No se puede dar razón del gusto: de gustos no hay nada escrito, y menos hoy cuando el arte contem­poráneo, tras repudiar a la belleza, ha contraído segundas nupcias con la filosof­ía y bus­ca su jus­tificación en miríficos fol­letos explicativos, o más simplemente, en el ar­gumento de autoridad (de un crítico o de un mer­cader).

 

           Epistemón compró un cuadro en el que estaban reflejados al vivo los átomos de Epicuro y las ideas de Platón. Rabelais.

 

   Aquí renunciamos a los juicios estéticos. Nos ocuparemos exclusivamente de valorar los hechos, tal y como se ofrecen a nuestra percep­ción (ayer granizó; sube el precio del butano; la ley prohíbe fumar en público; puede morir mañana), es decir, de los acontecimientos y, más especialmente, de aquel­los que respon­den a iniciativas humanas (a­cciones), por­que para ellos disponemos de criterios com­par­tidos que pueden fun­damentar nuestras evaluaciones.

 

  

2. Los criterios para valorar

 

      Son de dos tipos, uno material que, por emplear un término general, llamaremos lo útil (lo beneficioso, lo conveniente, lo agradable), y otro que denominaremos lo moral (lo bueno, lo lícito, lo justo, lo e­quitativo, lo debido...).

 

        MontaigneYo sigo el lenguaje común que diferencia las cosas útiles de las honradas.[2]

 

   El principal criterio para juzgar la calidad de una acción es el de lo útil o con­veniente. Discutimos sobre si una actuación deter­minada fue, es o será con­veniente. Llamamos así a lo que permite alcanzar un bien (o incremen­tarlo), o rechazar un mal (o reducirlo). Consideramos inútil lo que no contribuye al logro de un determinado fin.

 

   Claro está que no todo lo que consideramos ventajoso está per­mitido.

 

           Rechazo la pena de muerte porque no sirve para nada.

          — ¿Y si sirviese para algo la aprobaría usted?

         — Me pone usted en un brete. Máximo, en El País.

 

   Cuando evaluamos acciones, al criterio de utilidad acompaña el de moralidad. Decimos que está bien lo que es útil, pero también lo que respeta las nor­mas morales o legales, y que está mal lo contrario. Así, pues, los criterios que empleamos para juzgar la calidad de las conductas son dos: lo útil y lo moral. Al valorar ac­ciones del pasado o inten­ciones para el futuro, nos preguntamos si fueron o serán útiles, si fueron o serán lícitas. Con estos criterios, quien desee menospreciar unos hechos o rechazar una propues­ta (valoración negativa), alegará:

 

           Que no es conveniente: porque no es útil, o produce con­secuencias in­deseables.

           Que no está bien: porque es inmoral en sí o en sus efectos.

 

           Abandonasteis a los focidios contra vuestros intereses y contra la jus­ticia. Demóstenes.[3]

 

   La defensa (valoración positiva) se concentrará en probar lo contrario:

 

           Que es útil hacerlo.

           Que no presenta reparos morales.

 

           No hallaremos pactos más justos que éstos, ni más útiles para nues­tra ciudad. Isócrates.[4]

 

   Cuando apelamos a la utilidad empleamos un argumento prag­mático. Al recur­rir a la licitud exponemos un argumento moral o de principio. Si al­guien nos aconseja no pagar impuestos para salir de apuros, podemos responder:

 

           Si no pago los impuestos me arriesgo a una multa (argumen­to prag­mático).

           No pagar los impuestos es insolidario porque traslada la carga fiscal a los que pagan (a­rgume­nto moral).

 

   No es lo mismo Nobleza obliga que Hacienda obliga. Son criterios distin­tos que suelen presentarse como antagonistas:

 

           Noble es lo que has dicho, pero ineficaz. Eurípides.[5]

 

pero pueden ser complementarios. La utilidad puede ser justa y la moral útil. Defen­demos la democracia porque es el sistema más justo y el más útil. Ar­gumentamos contra la pena de muerte con ambos criterios:

 

           Es inmoral, porque nadie tiene derecho a privar a otro de su vida.

           Es inconveniente, porque es peligrosa (dado que existen errores judiciales), y es ineficaz (no disuade a los delin­cuentes).

 

   Las normas, en especial las legales, no sólo nos imponen o nos prohíben cier­tas conductas. También nos amenazan con castigos. Añaden argumen­tos prag­máticos por si no bastara con la directriz normativa.

 

           Dios no cesa, no sólo de adoctrinarnos con suavidad, sino también de infundirnos temor para nuestra salud. San Agustín.[6]

 

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   En resumen:

            Valoramos la calidad de las cosas con los criterios de utilidad y moralidad.

            Llamamos argumento pragmático al que considera la utilidad en razón de las ven­tajas e incon­venientes que se derivan de un acontecimiento o de una acción. Apela a valores materiales.

            Llamamos ar­gumento moral al que juzga las acciones en razón de si respetan o quiebran normas establecidas. Apela a valores morales.

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3. El Argumento pragmático, o de las consecuencias materiales

 

                           Es bueno el efecto, luego es buena la causa. Aristóteles.

 

   Como su nombre indica, se ocupa de evaluar hechos o inten­ciones por sus efectos prácticos. Juzgamos del árbol por sus frutos y de las decisiones, por sus consecuencias.

 

           Dijo una vez Sócrates que le parecía extraño que pastor de bueyes, cada vez menos en número y cada vez más flacos, no reconociera ser mal pastor. Jenofonte.[7]

           Buen delantero de fútbol no es el que de vez en cuando acierta, sino el que de vez en cuando falla.

 

   Precede a cualquier decisión: Votar, comprar una casa, cambiar de trabajo, casarse, tener hijos, divor­ciarse, in­vertir en el mer­cado de valores, etc. plan­tean problemas que se resuelven ponderando ven­tajas e incon­venientes, es decir, con­secuencias favorables o des­favorables. Por las con­secuencias se aconseja y se disuade, se acusa y se defiende, se elogia y se cen­sura. Como veremos en­seguida, es el argumento que mejor carac­teriza a las deliberaciones.

 

           Antes de modificar la ley sobre eutanasia debemos pregun­tarnos qué consecuen­cias prácticas tendría.

 

   Como las cosas, por lo general, producen consecuencias buenas y malas, el ar­gumento pragmático pondera los pros y los contras de los acontecimientos o de las acciones, para averiguar si contienen más ven­tajas que in­con­venien­tes, o al revés.

 

           No son contados por bienes aquellos por quien viene a omo más daño que pro.[8]

 

   Así, pues, en su desa­rrollo podemos dis­tin­guir dos pasos:

 

          1. Enumeración de las consecuencias.

          2. Ponderación de las favorables frente a las desfavorables.

 

            1. En primer lugar, enumeramos las diferen­tes consecuen­cias. Por ejemplo: fusilar al responsable de un intento de golpe de Es­tado es un gesto ejemplarizante que manifiesta la fir­meza del gobier­no; no hacer­lo puede ser interpretado como un rasgo de flaqueza y una invitación para que otros repitan el intento. Pero:

 

        Azaña— Fusilar a Sanjurjo nos obligaría después a fusilar a otros seis u ocho que están incursos en la misma pena, y a los de Castilblanco. Serían demasiados cadáveres en el camino de la República. [Además] fusilando a Sanjurjo, haríamos del él un mártir y fun­dar­íamos, sin quererlo, la religión de su heroísmo y su caba­llerosidad.[9]

 

            2. A continuación, comparamos los conjuntos de con­secuencias favorables y perjudiciales para ver cuál pesa más en nuestra es­timación.

 

           Pertenecer a la Unión Europea suscita problemas, pero ocasionaría muchos más y peores no pertenecer.

         

        KutúsovDe lo que se trata es de salvar a Rusia. ¿Es mejor ceder Moscú sin entrar en batalla, o perder la batalla, el ejército y también Moscú?[10]

 

 

4. ¿Cómo se replica ANTE un argumento pragmático?

 

   Disponemos de tres caminos:

 

          a. Una conjetura: ¿Es probable que se produzcan las consecuencias previstas?.

          b. Otra valoración: ¿Superan las ventajas a los inconvenientes?

          c. Un argumento moral: ¿Viola algún principio moral importante?

 

 

              a. ¿Es probable que se produzcan las consecuencias previs­tas?

 

    No es fácil considerar todas las consecuencias de un acto. Con­viene recor­dar que estas pueden ser directas o indirec­tas; previsibles o imprevisibles; seguras o hipotéticas. Puede que ol­videmos algunas, bien porque no con­temos con los imprevis­tos, bien porque menospreciemos los efec­tos colaterales. Añádase a esto que no todas las consecuen­cias parecen seguras: muchas son puramente imaginarias, sin otro fundamento que los temores par­ticulares del analista o los espejis­mos de sus deseos.

 

           Esto de hacer cristianos [a los judíos] hará que suban los precios de los cerdos y, si todos nos ponemos a comer carne de cerdo, dentro de poco no podremos comprar ni panceta para asar.[11]

          

          Una mujer se burla de su marido enloquecido, que tiene un revolver cargado apoyado en la sien. No te rías dice él. Después vas tú.[12]

 

   En una palabra, la primera forma de combatir un argumento prag­mático con­siste en rechazar su razón de ser, esto es, las presuntas con­secuencias, con los criterios de toda conjetura: lo posible y lo probable.

 

 

          b. ¿Superan las ventajas a los incon­venientes?

 

    Tal vez no podamos rechazar las consecuencias, pero eso no sig­nifica que todos las valoremos igual. No siempre es fácil dis­tin­guir entre con­secuencias buenas y malas. No sabemos con seguridad cuáles resul­tarán favorables o des­favorables. Des­conocemos en realidad dónde reside nuestro mayor provecho. Tomamos las decisiones basándonos en las con­secuencias direc­tas, a corto plazo. Las más impor­tantes aparecen más tarde, pero se nos escapan. Por su mal le nacieron alas a la hormiga, decía Sancho. El pianista Murray Perahia se deprimió al sufrir una lesión en la mano que le alejó de los conciertos durante cuatro años. Más tarde consideró que había sido una bendición porque pudo estudiar, practicar y ver los frutos. Al otear el futuro bien podemos decir que quien no está confuso es porque no piensa con claridad. Pitágoras, que era un sabio, no permitía que sus discípulos, al orar, pidieran nada para sí mismos porque, decía, ninguno sabe lo que le conviene.[13]

 

           Yo tengo un amigo que de niño tenía un talento extraor­dinario para el piano. Pero el padre se opuso por aquello de que el arte es cosa de afeminados. Hoy mi amigo tiene 60 años, es maricón y no sabe tocar el piano.  (De la película Fresa y Chocolate).

 

   Así, pues, la segunda vía para rechazar un argumento pragmático con­siste en modificar la valoración de las consecuen­cias.

 

        — El alcohol es un veneno lento. — Es igual. No tengo prisa.

        —¿Vive? —Sí, gracias Dios. Parece que respira. —¡Lástima! (De la película El hombre del traje blanco)

        —¡Soy un hombre! —Nadie es perfecto. (De la película Con faldas y a lo loco).

 

            c. ¿Viola algún principio moral importante?

 

   El tercer camino consiste en oponer al argumento prag­mático una ba­rrera moral, como hizo Sócrates contra las muy persuasivas razones que sus amigos le ofrecieron para huir de la cárcel.

 

        Sócrates- Querido Critón, tu solicitud sería muy estimable si se aliara con alguna rectitud (...) Se ha de considerar si es justo o no que yo intente salir de aquí.[14]

 

   No siempre se utiliza de buena fe. En la vida política, por ejemplo, cuan­do se pretende rechazar una medida y no cabe ar­gumentar contra su utilidad, se apela a cualquier con­sideración moral que pueda contribuir al vituperio del adversario, con razón o sin ella. La moral es un pretex­to valiosísimo para reves­tir de honorabilidad una crítica mal inten­cionada. Es mucho más frecuente que se censure a un gobier­no por ser injusto, in­solidario, ir­respetuoso con las liber­tades...etc., que por ser ineficaz.

 

  La maniobra no es gratuita. Los valores morales son muy impor­tantes para que los in­diferentes formen opinión sobre un asunto. Cuando la gente cree que sus prin­cipios o sus creencias están en juego (por ejemplo, la igualdad ante la ley, la solidaridad), se sacude con presteza las distrac­ciones y toma posición a favor o en contra de los valores presun­tamente amenazados.

 

           En tiempos de paz dicen que la paz es el bien supremo, y en tiempos de guerra, que la guerra es una obligación moral. El roto (El País).

 

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En resumen:

         El argumento pragmático evalúa hechos o intenciones por sus efectos prácticos.

        Actúa en dos pasos:

                        -Enumeración de las consecuencias.

                        -Ponderación de las favorables frente a las des­favorables.

        Se replica de tres maneras:

                        -Con una conjetura: Porque no se han calculado bien las consecuencias.

                        -Con otra valoración: Porque no se estiman las consecuen­cias del mismo modo.

                        -Con un argumento moral: porque no es lícito.

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5. El argumento moral o de principio

 

   El argumento moral presupone que debemos actuar guiados por prin­cipios o deberes y evitar, en consecuencia, todas las acciones que los violen. Actúa como una especie de con­dición, o de aduana, que se alza frente al ar­gumento prag­mático para dejarle pasar o rechazarlo.

 

           Atendiendo a que el Gobierno, aún actuando de buena fe, se ha equivocado porque no ha resultado lo que deseaba, y considerando que los gobiernos no deben e­quivocarse y son responsables de sus errores, el Gobierno presentará in­mediatamente la dimisión en manos de S.M. Sagasta.

 

   Puede apelar a valores superiores (libertad, justicia, igualdad), deberes (cuidar de la propia familia, respetar la naturaleza), o derechos (libertad de palabra, igual­dad de sexos, intimidad).

 

   ¿Cómo se plantea un argumento moral?

 

   Exactamente igual que un argumento pragmático: analizando las con­secuencias y ponderando ventajas e inconvenientes, con la única diferencia de que ahora les aplicamos consideraciones morales. En realidad nuestros análisis de las consecuen­cias llevan a cabo las dos valoraciones simul­táneamente, como si con­templáramos las cosas con dos ojos, uno moral y el otro prag­mático.

 

        —Huyamos cuanto antes.

        —No, lo que propones es una cobardía. Además, no estoy dispuesto a renunciar.

 

 

6. ¿Cómo se replica  ANTE un argumento moral?

 

   Disponemos de tres caminos:

 

        a. ¿Es el principio relevante en este caso?

        b. ¿Se viola realmente dicho principio?

        c. ¿Existen otras consideraciones que lo contrapesen?

 

 

        a. ¿Es el principio relevante en este caso?

 

   Como es obvio, quien apela a un principio moral, da por sen­tado que hace al caso, que es aplicable a la situación que se dis­cute. No todo el mundo estará de acuerdo: Cuando una empresa privada en dificul­tades reduce la plantilla ¿debe considerar la suerte de los trabajadores despedidos? ¿Viene al caso el principio de protec­ción de la vida en el debate sobre la eutanasia? La ley del aborto ¿debe tener en cuen­ta la doctrina de la Iglesia Católica? ¿Las razones humanitarias justifican una guerra? Buena parte de nuestras diver­gen­cias más enconadas surgen en este pun­to: si un principio es aplicable o no a un asun­to par­ticular.

 

            b. ¿Se viola realmente dicho principio?

 

   Podemos, tal vez, aceptar que un principio es relevante para determinado asun­to. Entonces surge la cuestión de si asis­timos o no a una violación del mis­mo: ¿Se quiebra con el aborto el prin­cipio de protec­ción de la vida? La declaración obligatoria del SIDA ¿constituye un atentado contra el derecho a la intimidad? ¿Traiciona sus fines la TV pública cuando cede a las exigencias de la audiencia?

 

            c. ¿Existen otras consideraciones que lo contrapesen?

 

   Por último, ¿hay otras con­sideraciones que contrapesen este prin­cipio? Podemos estar de acuerdo con la oportunidad de una norma y, además, acep­tar que, efec­tivamente, se ha violado o se pretende violarla, pero tomamos en cuenta otras razones de más peso, sean éstas prag­máticas o morales.

 

           Me doy cuenta de la maldad que voy a cometer, pero la pobreza es más poderosa que mis decisiones.[15]

 

   A menudo, la respuesta a un argumento moral es un argumento prag­mático: se sostiene que respetar el principio en cuestión sería demasiado costoso, peligroso, largo, contraproducente... en una palabra, que las con­sideraciones prácticas contrapesan a las morales. ¿Se debe permitir que las com­pañías de seguros de vida pregunten a sus clientes si son portadores del virus del SIDA? Los oponentes arguyen que ello viola el derecho de cada uno a su propia in­timidad. Los par­tidarios replican que las con­secuencias prácticas de no autorizar tales inves­tigaciones pueden ser devas­tadoras para el sector de los seguros y muy per­judiciales para los demás asegurados que habrán de pagar pólizas más altas. Esta tensión entre argumentos pragmáticos y ar­gumen­tos de prin­cipios es frecuentísima, tanto al enjuiciar hechos del pasado como al analizar planes para el futuro. No es raro que renunciemos a la razón moral por tener la fiesta en paz.

 

           Opino que se deben mantener y respetar las actas de César, no por­que las apruebe ¿quién puede aprobarlas?- sino por creer que ante todo hay que atender a la paz y al sosiego. Cicerón.[16]

 

   Un argumento de principio se puede replicar también apelando a otro prin­cipio que, argüimos, pesa más. Hay quien piensa, por ejemplo, que en los Estados Unidos impor­ta más reducir las armas que proteger el derecho a poseerlas. Del mismo modo, un juez puede exigir que un periodis­ta revele ciertas fuen­tes in­dispen­sables para incriminar a presuntos culpables. El ar­gumento del juez dirá que el principio por el que un periodista debe proteger el anonimato de las fuen­tes pesa menos que el prin­cipio de obligación de colaborar con la justicia.

 

           El Fiscal rechaza abrir el diario Egin: antepone el derecho a la vida a la libertad de expresión. Prensa del 25/8/98.

 

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En resumen:

             Llamamos ar­gumento moral o de principio, al que juzga las acciones en razón de si respetan o quiebran normas morales.

            Hemos señalado que se replica de tres maneras:

                        Por no ser el principio relevante para el caso.

                        Porque no lo viola.

            Porque lo contrapesan otras consideraciones, bien sean prag­máticas o morales.

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7. Conflictos

 

   Como acabamos de ver, es muy frecuente que enfrentemos un razonamiento moral con otro pragmático. La misma naturaleza de las cosas lo facilita. Por eso escribía Cicerón a su amigo Ático:

 

           Son tres los tipos de investigación del deber: uno, cuando deliberamos si algo es honesto o vergonzoso; dos, si es útil o inútil; y tres, cómo hay que juzgar cuando los otros dos parecen pugnar entre sí.[17]

 

   En la mayor parte de las discusiones no se plantean divergencias de orden moral o legal. Supuesta la licitud de una medida, ambas partes dis­cuten exclusivamente sobre su utilidad: si es conveniente o pernicioso; si es eficaz o inútil; si esto es más con­veniente que aquello.

 

           Si conviene reducir el precio del transporte público.

           Si fue beneficioso sentarse a dialogar con los terroristas.

 

   Cuando hemos de escoger entre dos posibilidades, se dis­cute cuál es más útil, y si ambas son de utilidad pareja, en­ton­ces se añaden valoraciones morales. Lo justo se suma a lo útil:

 

           Mi propuesta es más barata, y más eficaz, pero también más justa, más solidaria.

 

   En otras ocasiones, las posturas en litigio defienden, bien algo que es útil aun­que admita reparos morales (matar al secuestrador de un avión; tras­ladar un pueblo para construir un pantano), bien algo de suyo lícito que origina perjuicios materiales:

 

           Si debemos consentir que una huelga de camioneros paralice el país.

           Si se debe dejar morir a un recluso en huelga de hambre.

 

   Se puede defender lo más justo sacrificando lo útil:

 

           Tenemos la obligación moral de acoger a los inmigrantes.

 

en cuyo caso, acentuamos el bien de la justicia, el deber o el honor, al tiempo que reducimos la importancia de los inconvenien­tes.

 

   Por el contrario, cabe defender lo útil sacrificando lo justo:

 

           Es más urgente asegurar el trabajo de los nativos que el de los in­migrantes.

 

   Entre los dos extremos de utilidad y justicia podemos imaginar multitud de posiciones intermedias que intenten armonizar los valores en litigio. Sea cual fuere la postura elegida, deberá jus­tificar­se con las mejores razones disponibles.

 

   Justificamos nuestras decisiones cuando buscamos el bien mayor, tanto si juz­gamos éste con criterios de calidad (el que protege un valor jerár­quicamente superior), como si apelamos a la cantidad: el que ofrece más beneficios o alcan­za a mayor número de personas.

 

           Con dolor digo esta fatal verdad: es preferible que muera Luis a que perezcan cien mil ciudadanos virtuosos; Luis debe morir porque es preciso que la patria viva. Robespierre.

 

           ¿Qué puede hacer el amor fraterno? ¿Abandonará a todos al fuego eterno del infierno por librar a unos pocos del fuego transitorio del horno? (...) ¿No será mejor conservar a los que se pueda, aunque perezcan libremente aquellos a los que no se puede conservar? San Agustín.[18]

 

   Cuando hacemos daño, es preciso que sea el menor posible. Si nos roban la cartera, puede estar justificado causar algunas lesiones al ladrón para defendernos. No estaría justificado matarlo. El valor de la cartera es muy inferior al de la vida. Nuestros derechos tienen límites.

 

   No es fácil desenvolverse en el mar proceloso de los valores, porque todas las acciones humanas conllevan una dosis de irreductible ambigüedad moral. Nunca sabemos precisar si nos mueve más el interés o la justicia.

 

           Esta incertidumbre es insoslayable. Nos coloca de canto, de través, ante el juicio moral. Nos gustaría ser netos y pulcros, como los niños de voz blanca que cantan en los coros de las iglesias. Pero abrimos la boca y nos sale una voz complicada, de órgano viejo, y con los tubos llenos de roña.[19]

 

 

8. Evaluamos casos y no principios. El peso de las circunstancias

 

   Es raro que surjan disputas sobre finalidades indeterminadas o sobre prin­cipios generales. Todos es­tamos de acuer­do en que no se debe quitar la vida, causar daño físico o moral, suprimir libertades o no facilitar los mínimos materiales y cul­turales para que las personas desarrollen una vida dig­na. En las alturas siempre reina el acuer­do. Lo malo es que en moral las generalidades sirven para muy poco.

 

           Los propios déspotas no niegan que la libertad sea ex­celente; pero la desean sólo para ellos mismos. Tocqueville.

 

   Los problemas surgen al intentar adaptar los valores a los casos concretos.

 

Ningún dios ni ningún hombre se atreve a decir que no hay que castigar al que comete injusticia... Discuten cada acto... unos afirman que ha sido realizado con justicia,  otros, que injustamente. Platón.[36]

 Bruto mató a Cesar. Ya sabemos que no se debe matar. Sin embargo, ¿Bruto hizo bien o mal? Es fácil ponerse de acuerdo en abolir toda clase de explotación, pero no lo es acordar si una acción determinada constituye o no una variedad de explotación. Hay muchas per­sonas que no dudan de la exis­ten­cia de Dios, pero no ven claro que ello sig­nifi­que rechazar el uso del preservativo.

 

   No discutimos sobre principios generales, sino sobre problemas concretos en cir­cunstancias determinadas. Seguramente nadie rechaza la aportación del 0,7% del Producto Interior Bruto a las necesidades del Ter­cer Mun­do. Eso no se dis­cute. Lo polémica brota por algo más prosaico: si podemos pagarlo, si para ello hemos de acep­tar mayores impuestos o recor­tar otros gastos... Del mis­mo modo, hay quien defiende la negociación con los terroris­tas encomiando los encantos de la Paz. ¿Quién no la querría? Los problemas están en otro lado.

 

           Todos queremos un presupuesto restrictivo, pero ¿con cargo a qué partidas?

 

   Si hemos de juzgar en el marco de unas circunstancias deter­minadas, es lógico que ante cualquier hecho, iniciativa, o incluso frente a lo que se llama un globo sonda, surjan las pregun­tas familiares: ¿quién lo hace? ¿para qué? ¿cómo? ¿cuá­ndo? ¿dónde?.

 

           ¿Y cuál será la composición de ese destacamento y la mag­nitud de su contin­gente? ¿Y dónde obtendrá el aprovisionamien­to? ¿Y de qué manera estará dispues­to a realizar los an­tedichos planes? Yo lo aclararé discu­rriendo por cada una de esta cues­tiones separadamente. Demóstenes.[20]

 

   Conocidas las respuestas es posible que el desacuerdo se con­centre en cualquiera de ellas, o en varias, o en todas. Cabe, por ejemplo, que nos parezca mal el hecho desnudo o que éste en sí no desa­grade pero juz­guemos que lo hacen malo sus circunstan­cias. De manera que la cues­tión general se nos divide en un abanico de discrepancias secundarias que importa mucho delimitar para el buen éxito del debate, y a cada una de las cuales hemos de aplicar los criterios de utilidad y moralidad.

 

 

   La cuestión del quién, deja a un lado el fondo del asunto para dis­cutir sobre las personas involucradas. Por ejemplo:

          

           Eso hubiera estado bien en cualquiera menos en usted.

 

        Casca— ¡Ah! el pueblo quiere a Bruto de todo corazón. Y lo que en nosotros sería un delito, su presencia, como alquimia poderosa, lo conver­tirá en mérito y vir­tud.[21]

 

        — ¿Qué defectos tiene mi madre?

        — Ese, precisamente, que es tu madre. Si lo fuese de la cocinera, por ejemplo, sería encan­tadora y todos saldríamos ganando. Xaudaró.

 

 

   La cuestión del cuándo contempla la oportunidad y rel­lena muchos deba­tes por sí misma. No discute el propósito, sino el momento. Toda la polémica se centra en el tiempo y la ocasión.

 

           Anduvimos hablando de cosas que es bueno callar ahora, como bueno era hablar de ellas entonces. Dante.[22]

 

 Así, al­gunas iniciativas se rechazan porque las circunstancias no son opor­tunas: Sí, pero no ahora; llega tarde; es prematuro; no se dispone aún de los medios; es preciso superar antes al­gunos obstáculos; la ocasión no ha llegado...

 

           ¿Conviene que la reforma educativa coincida con la huelga de profeso­res?

           No [ahora], no sea que al querer arrancar la cizaña, arran­quéis con ella el trigo. Mateo 13,29.

            No se debe hablar con los terroristas mientras no entreguen las ar­mas.

            Cuéntase [de Tales de Mileto] que urgiéndole su madre a que se casase, respon­dió que todavía era temprano; y que pasados algu­nos años, urgiéndole su madre con mayores instan­cias, dijo que ya era tarde.[23]

  

   O se hacen las cosas cuando se puede o no se podrán hacer cuando se quiera. Hay decisiones tan inoportunas que no respetan ni el derecho a dor­mir: cuan­do el pronunciamiento de Villacampa (1886), Sagasta, a quien desper­taron a las tres de la madrugada para informarle, exclamó: ¡Pero, hombre, por Dios, ¿a estas horas?

 

 

   Las cuestiones del cómo y el dónde, entienden de modos, maneras y lugares. Lo que parece bien allí, o así, parece mal aquí o asao.

 

           El ministro actuó sin encomendarse a nadie.

            Sí, es verdad que yo he aceptado el sufragio universal, pero no lo acepto tal y como lo propone la comisión. Romero Robledo.

            Las manifestaciones a la puerta de Las Cortes coaccionan a los diputados.

            Hay chistes que dejan de serlo fuera de Covent Garden y otros, in­comprensibles excepto en Hyde Park Corner. Swift.

 

   Las cuestiones del para qué y de los medios, se ocupan de los fines y los recursos, que son temas capaces de con­sumir debates inter­minables, porque las cosas nos parecen buenas o malas según el uso que se haga de ellas.

 

           No se puede comparar una televisión pública con una privada. Porque si ambas tuvieran los mismos fines, la pública constituiría un gasto inútil y una competencia des­leal; y si no tienen los mismos fines no deben emplear los mis­mos medios.

 

           Hay una persecución injusta: la que promueven los impíos contra la Iglesia de Cris­to; y hay una persecución justa: la que promueve la Iglesia de Cristo contra los impíos. San Agustín.[24]

 

           ¿Quién no considera afrentoso que los hombres libres sean golpeados? Y sin embar­go, si esto le pasa al autor de hechos injustos, se juzga que lo tiene bien merecido. Polibio.

 

   Se puede discrepar en los fines, se puede discrepar en los medios, y se puede discrepar en la relación entre am­bos: si los medios son adecuados, o no, a los fines que se preten­den.

Es posible apuntar a un fin recto y errar, no obstante en los medios conducentes al fin, como es posible también errar en el fin y acertar en los medios conducentes a él, y es posible en fin no acertar en ninguna de ambas cosas. Aristóteles.[37]

        - Cabe discrepar en los fines perseguidos, las inten­ciones que manifies­tan, los valores que amparan:

 

           No nos hicimos aliados de los atenienses para esclavizar a Grecia en su beneficio, sino para liberarla de los persas.[25]

 

           No me complace quien persigue a los herejes no por amor de su corrección sino por afán de combatirlos. San Agustín.[26]

 

           La perversidad del boxeo estriba en que busca necesariamente el daño físico del adver­sario.

 

        - Podemos discrepar en los medios: si están disponibles, si son sufi­cien­tes, si son adecuados, si son lícitos, si producen demasiadas con­se­cuen­cias in­deseables: el precio, los sacrificios, la renuncia de otros ob­jetivos.

 

           Su propuesta es irreprochable, pero no disponemos de presupuesto para realizar­la.

 

           Estoy dispuesto a reducir el déficit, pero no a expensas de las pensio­nes de jubilación.

 

           No autorizo la histerectomía para extirpar el cáncer de una mujer em­barazada porque implica la muerte del feto.

 

        - Cabe discrepar sobre la relación entre el fin y los medios

 

        Antístenes en su lecho de muerte— ¿Quien me librará de estos males?

        Diógenes, ofreciéndole un puñal— Este.

        Antístenes— De los males digo, no de la vida.[27]

 

           El fin determina los medios que se han de emplear para con­seguirlo. En otras palabras, los medios deben ser adecuados al propósito per­seguido. De lo contrario se con­sideran gratuitos, inútiles o sospechosos: Hablar por hablar, Hacer por hacer, Matar por matar...

 

           Agitar banderas rojas no crea empleo. Helmuth Kohl.

 

           ¿Tú no ves que es necedad o simpleza llorar por lo que con llorar no se puede remediar? Celestina.

 

          Si de aquí a mañana no encuentro doce mil pesetas, tendré que levan­tarme la tapa de los sesos. — A lo mejor tampoco las tienes ahí... Xaudaró.

 

           Acep­tamos los sacrificios cuando nos atraen los resul­tados. Como reconocía el protagonista de El Rojo y el Negro:

 

           No es la muerte, ni el calabozo, ni el aire húmedo lo que me tiene abatido, sino la ausencia de la señora de Rênal. Si, para verla, me viera obligado a pasar semanas enteras en las bodegas de su casa, ¿acaso me quejaría?.

 

            A su vez, los medios determinan el fin. Es obvio que no podemos tomar en serio ningún propósito para el que no se dispon­ga de instrumentos. Nuestros ob­jetivos nacen y se transfor­man con arreglo a la disponibilidad de medios.

 

           Y díjoles [Don Quijote] que le aderezasen otro mejor lecho que la vez pasada; a lo cual le respondió la huéspeda que como lo pagase mejor que la otra vez, que ella se le daría de príncipes.

 

   Muchos debates se nos enturbian porque confundimos fines y medios: ¿La guer­ra es un fin o es un medio? ¿Y la paz? Si, en el caso que se discute, no se sabe con claridad cuáles son los fines, la discusión  avanzará entre tinieblas. Que la paz esté considerada, en general, como un valor muy apreciable, no la convierte en un fin para el caso concreto en que se estimó preferible la guerra. Que el acuerdo o consenso entre las partes de un litigio sea deseable, no lo convierte en un fin que imponga la renun­cia a las reivin­dicaciones de la parte que inició el conflicto. El consenso es una de las formas (instrume­ntos) de alcan­zar un acuer­do, no un fin en sí mismo.  En ocasiones la democracia es un fin, pero en otras es un medio. Muchos demagogos pregonan los derechos humanos como si fueran un fin cuando, en realidad no son sino medios para obtener un bien individual o colectivo. Buena parte de nuestros conflictos de valores proceden de con­siderar a los seres humanos como instrumentos cuando son fines o, al revés, como fines cuando son medios. Conviene distinguir las cosas.

 

   Como hemos indicado, sea cual fuere la cuestión: de persona, de opor­tunidad, de medios, etc. hemos de juzgarla según criterios de  convenien­cia y moralidad. Por ejemplo, el fin suele justificar los medios, como es el caso de una mentira piadosa, pero no siempre lo hace. Pueden ser estos con­denables en sí (a­rgume­nto moral), o por­que sus consecuen­cias los convier­ten en contraproducentes (argumento prag­mático). A la inver­sa, los medios lícitos no hacen bueno a un fin perverso (aplicar una ley injus­ta, o eludir una obligación moral tras el burladero de la ley). Cicerón acusa a Sextilio Rufo de recoger una herencia sin faltar a las leyes, pero contra su conciencia.

 

           ¿Por qué no acudiste en ayuda del ahogado? — Yo no soy el vigilante de la playa.

           ¿Por qué me reprocha usted la usura? Yo no obligo a nadie y, además, ayudo a los menesterosos.


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RESUMEN DE LA CUESTIÓN DE VALORACIÓN

        I. En las cuestiones de valoración, la controversia se produce sobre el juicio que nos merecen las acciones pasadas, presentes o futuras.

        II. Valoramos la calidad de las cosas con un doble criterio: utilidad y licitud.

        III. El argumento pragmático evalúa hechos o intenciones por sus efec­tos prác­ticos.

           Actúa en dos pasos:

                        -Enumeración de las consecuencias.

                        -Ponderación de las favorables frente a las des­favorables.

           Se replica de tres maneras:

                        -Porque no se han calculado bien las consecuencias.

                        -Porque no se valoran las consecuencias del mismo modo.

                        -Con un argumento moral.

        IV. Llamamos ar­gumento de principio, o moral, al que juzga las ac­ciones en razón de si respetan o quiebran normas morales o legales.

                Hemos señalado que se replica de tres maneras:

                        - Por no ser el principio relevante para el caso.

                        - Porque no lo viola.

                        - Porque lo contrapesan otras consideraciones, bien sean prag­máticas o morales.

        V. No es posible sostener una valoración sin considerar las circunstan­cias del hecho, con lo que surgen cuestiones especificas:

                        la cuestión del quién lo ha hecho o lo propone.

                        la cuestión del cuándo se ha hecho o se pretende hacerlo.

                        la cuestión del cómo se ha hecho o se pretende hacerlo.

                        la cuestión del dónde se hizo o se pretende hacer.

                        la cuestión del para qué se ha hecho o se propone y con qué me­dios.

           Una vez delimitada la cuestión al hecho o a alguna de sus circunstan­cias, aplicamos los criterios de utilidad y licitud:

                           Si conviene hacer esto, hacerlo así, hacerlo ahora, etc: No era con­veniente hacer­lo en aquél momento.

                           Si es justo hacerlo, hacerlo así, etc: fue inmoral hacerlo de esa manera.

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9. Ejemplo de cuestión evaluativa: el discurso capuano.

 

   Vamos a ver un ejemplo de Tito Livio. Aníbal, que acaba de con­quistar Capua invita a cenar a un noble capuano que le es adicto y al hijo de éste, un joven par­tidario de Roma que odia al car­taginés. El padre, al saber que su hijo ha acudido a la cena con una espada escondida para dar muerte a Aníbal, se lo lleva al jardín y le ar­gumenta sobre lo justo y lo útil.

 

           Hijo, yo te suplico y te ruego, por todos los vínculos jurídicos que unen a los hijos con sus padres, que no pretendas hacer y sufrir todo lo que no tiene nombre, ante los ojos de tu padre. Pocas horas han transcur­rido desde que, jurando por todos los dioses, unimos nuestra diestra a la de Aníbal empeñando nuestra palabra; ¿fue para armar contra él, nada más salir de hablarle, las manos consagradas por el juramento? ¿Te levantas de la mesa que te da hospitalidad, a la que Aníbal te ad­mitió, para manchar esa misma mesa con la sangre de quien te da hospitalidad? Pude reconciliar a Aníbal con mi hijo, ¿y no soy capaz de recon­ciliar a mi hijo con Aníbal?

           Pero pase que no haya nada inviolable; ni fidelidad a la palabra dada, ni religión, ni amor filial; que se intenten ac­ciones nefandas, siempre y cuan­do no nos acar­reen la ruina junto con el delito. ¿Piensas atacar a Aníbal tú solo? ¿Qué me dices de esa mul­titud de esclavos y de hombres libres? ¿Y de todas las miradas, atentas sólo a él? ¿Y de tantas manos? ¿Quedarán paralizadas ante semejante dislate? ¿Le resistirás la mirada a ese mismo Aníbal al que no pueden resistir ejércitos armados, ante el cual se le ponen los pelos de punta al pueblo romano? Suponiendo que le faltasen otras ayudas, ¿serás capaz de herirme incluso a mí, cuando cubra con mi cuerpo el cuerpo de Aníbal? Porque, eso sí, para llegar hasta él tendrás que atacar y traspasar antes mi propio pecho. Déjate disuadir aquí en vez de fracasar allí. Que mis ruegos tengan ante ti la eficacia que tuvieron hoy en tu favor.[28]

 

   Tal vez matar a Aníbal fuera útil, pero no era justo, dadas las circunstancias. Y si no im­portara lo justo, era peligroso, de graves con­secuencias para Capua, los capuanos y, en especial, para el padre. Un argumento pragmático se responde con un argumento moral y otro pragmático.

 

 


10. Consideraciones finales

 

   Padecemos una deformación educativa que nos in­duce a plantear las cues­tiones de valor como si se tratara de problemas de hecho. Nos gustan las ideas claras y contrastadas, modelo blanco y negro: frente a la piedad situamos la impiedad; ante lo justo, lo injusto y, en general, frente a la ver­dad, el error. Más o menos, como si es­tuviéramos en una pizarra resol­vien­do ecuaciones al­gebraicas. Esta manera de pensar se llama, con razón, dog­mática, y es muy atrac­tiva porque ahorra mucha energía mental: el preservativo es malo; mentir, reprobable; la eutanasia, un crimen. Cuan­do las ideas son simples, su aplicación a las cosas está al alcance de cualquier recluta. Precisamente, para evitar que parezcan tan simples, vamos a repasar las principales diferencias que deter­minan la manera de abordar las cues­tiones de hecho y las de valor.

 

 

            1. Los hechos son objetivos y los valores, relativos.

 

   La verdad sobre los hechos es permanente y no depende del ob­servador. Podemos estar equivocados porque nuestro conocimiento sea incompleto, pero esto no altera los hechos. Tampoco los modifica el cambio de obser­vador. Que Bruto mató a Cesar es una verdad perdurable por los siglos de los siglos.

 

   Por el contrario, los juicios sobre las conductas no son constan­tes. Nuestra opinión sobre si Bruto hizo bien o mal depende de las circunstan­cias del caso y de las cir­cunstan­cias del observador.

 

   Las circunstancias del caso modifican nuestros criterios sobre lo justo y lo con­veniente. Nos parece bien mentir cuando se trata de ayudar al prójimo y no está mal robar (por ejemplo el arma de un suicida), para evitar un mal mayor.

 

           Las mismas cosas, en todas partes y sin que en nada se diferencien, son útiles para unos y per­judiciales para otros. Isócrates.[29]

 

   Aunque los hechos no varíen, ni se modifiquen sus circunstan­cias, basta que se alteren las del observador para corregir sus criterios. Durante la juven­tud nos dejamos guiar de las esperan­zas; durante la madurez, de la experien­cia. Un torero ansía firmar contratos a cualquier hora, excepto cuando está en el patio de caballos digiriendo la angustia que precede al paseíllo.

 

           Ha cambiado nuestra apreciación de lo que antes con­siderábamos prudencia y que ahora resulta ser imprevisión y debilidad. Tucídides.[30]

 

   Pisamos el movedizo ter­reno de lo preferible, donde los criterios pueden ser diver­gentes y tornadizos en función de las cir­cunstan­cias. Las diferencias de opinión derivan, precisamente, de distintas maneras de apreciar lo que llamamos bienes y males, en razón de los intereses en juego, los criterios ideológicos, las con­venien­cias estratégicas, la vecindad o lejanía de los problemas, el momen­to... Lo que para unos puede ser bueno, para otros, es malo, y para cada per­sona, unas veces es bueno y otras, malo.

 

           La muerte, espantosa para Cicerón, es deseable para Catón e indiferente para Sócrates.[31]

 

           La muerte para los difuntos es un mal, para los comercian­tes de lápidas y objetos fúnebres, un bien.[32]

 

   Como decía Marx (Carlos), si no hubiera ladrones no habría candados y, por tan­to, tampoco fábricas de candados, ni cerrajeros empleados en ellas. ¿Son malos los ladrones? Los valores no son objetivos, no están en las cosas. Somos nosotros quienes depositamos nuestra estima sobre lo que nos rodea, sean objetos, personas, hechos o virtudes. Ningún valor es absoluto. Nin­guno rige en todo momen­to y para todo el mundo. Como dice Aristóteles, aunque todos bus­camos la felicidad, no coincidimos en los medios adecuados para alcanzarla. La vida es el bien supremo, pero cuando su calidad dis­minuye hasta niveles in­sopor­tables, la muerte se con­templa como un mal menor.

 

        Antígona- Sabía que iba a morir. Y si muero antes de tiempo, yo lo llamo ganancia. Porque quien, como yo, viva entre desgracias sin cuento, ¿cómo no va a obtener provecho al morir?

 

   En el Diccionario de falacias figura la Falacia del secundum quid que cometen quienes olvidan la relatividad de los valores.

 

 

            2. Los valores forman jerarquías.

 

   Entre los ciudadanos existen amplísimas coincidencias sobre los valores ad­mitidos, sin las cuales no sería posible la con­vivencia en una sociedad pluralista. Ello no obsta para que, llegado el momento de juzgar un caso concreto, se produzcan diferen­cias de criterio en su jerar­quización, que son las que alimentan toda clase de disputas. Hay ser­vidores de la liber­tad y devotos de la igualdad; par­tidarios de los valores emer­gentes y celosos guar­dianes de los valores ad­mitidos. Ni todos ni siempre apreciamos del mismo modo la libertad o la vida. Quien tiene asegurada la igual­dad es posible que con­centre su aten­ción en la liber­tad, y vicever­sa. No vale lo mismo un vaso de agua en el desierto o en la ducha. Mi reino por un caballo, decía Ricardo III cuando su valor prioritario era la vida. El bisabuelo de los Escipiones logró que no fuese el enemigo lo más temible para un soldado. Con frecuencia nuestros juicios de valor son comparativos:

 

           Vale más honra sin barcos que barcos sin honra.

           En TV importa más la audiencia que la calidad.

Su crimen estaba mejor impune que castigado por tu brazo. 

 

   Claro está que nuestras jerarquías de valores no son rígidas. La prioridad que es­tablecemos para un caso determinado tal vez no la apliquemos en la próxima ocasión. Si alguien sos­tiene en un debate la primac­ía de la liber­tad sobre la seguridad, no significa que desprecie ésta, sino que la subor­dina circunstan­cial­mente. Tal vez en otra ocasión le parezca que debe primar la seguridad por encima de cualquier otro valor.

 

        HeráclitoSólo la existencia de la enfermedad hace deseable la salud.

        LearArte extraño el de nuestras necesidades, que trueca en preciosas las cosas más viles.

 

 

            3. Estamos ante cuestiones de grados.

 

   En las Cuestiones de hecho no caben grados: no es posible que una mujer esté un poquito embarazada. En las valoraciones, por el contrario, caben todos los grados imaginables entre el bien y el mal. La verdad y la falsedad son contradic­torias, pero los valores no lo son. Un valor subordina a otro, pero no lo excluye.

 

   Aristóteles pudo proclamar en­fáticamente que era más amigo de la ver­dad que de Platón en un momento en que la verdad parecía el valor prioritario. No me cuesta imaginar que, si se tratara de salvar la vida de Platón, Aristóteles pudiera inver­tir su preferencia. Era, sin duda más amigo de la verdad, pero sólo hasta cierto punto.

 

   Un aborto no es absolutamente bueno ni absolutamente malo. Puede ser am­bas cosas, hasta cierto punto. Lo mismo se puede afirmar de las nor­mas que restringen la entrada a los inmigrantes, del Estado de las Autonomías, del ac­ceso universal a la Univer­sidad, de Greenpeace, e incluso de la democracia que, como se ha dicho, es el peor de los sistemas posibles, excepto todos los demás.

 

           Se puede mantener que para toda civilización es malo matar, pero sólo dentro de ciertos límites. Humberto Eco.[33]

 

   Cualquier debate sobre valores, al carecer de soluciones perfec­tas, es una cues­tión de grados. Nada es absolutamente justo o in­justo, útil o pernicioso, bueno o malo. Puede ser ambas cosas al mismo tiempo. ¿Has­ta qué grado? Hasta el que seamos capaces de matizar. Donde concluye la objetividad, la lógica se calla y deja paso al buen sentido. No existe más regla que con­siderar todos los aspec­tos del hecho. ¿Sabe alguien a partir de qué con­diciones se puede hablar de muerte digna? ¿Debieron tomarse en cuenta valores es­téticos, his­tóricos, ecológicos, laborales, económicos, incluso coac­ciones terroristas, en la construc­ción de una carretera? Digamos que sí. ¿Ha­sta qué pun­to debió pesar cada uno de ellos?

 

            En un punto está que uno sea un santo o un mandria. Gal­dós.[34]

 

   Como vemos, se trata de dar con el punto en que nuestra valoración se modifica. El último peso añadido a la balanza invierte la situación. Respon­demos como los sis­temas biológicos: tan malo es el ex­ceso como la caren­cia de azúcar, tan pernicioso resulta regar las plantas en exceso como no regar­las.

 

        NerisaTanto enferma el que se harta como el que no come.[35]

 

    ¿Hasta dónde podemos tensar la cuerda? En una cuestión de grados se puede perder la razón bien por exceso de radicalismo, bien por desbor­damiento de matices. Si nuestra afir­mación es absoluta, no será difícil taparnos la boca mostrando los aspectos que la relativizan. Si matizamos demasiado, podemos parecer templagaitas que no saben a qué carta quedarse. Como decía Aristóteles:

 En el medio está la virtud (Ética a Nicómaco).

   En el Diccionario de Falacias figura la Falacia del Con­tinuum en la que incurren quienes rechazan los cambios graduales. Este es un buen momento para examinarla. Otros sofismas que guardan relación con los valores son: La Falacia ad con­sequen­tiam, que apela a valores no significativos para el caso, y las falacias de eludir la cues­tión y de la pista falsa.

 

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En resumen:

 Caemos con facilidad en el error de tratar las Cuestiones de valoración como si fueran Cues­tiones de hecho. No es lo mismo discutir cómo son las cosas o cómo ocur­ren los fenómenos, que razonar sobre cómo debe juzgarse algo, o qué debemos escoger para lograr un fin. No se ar­gumenta de la misma manera sobre si la luna tiene atmósfera que sobre la ley del divor­cio. Son problemas diferentes y conviene recor­dar algunas de las cosas señaladas:

        I. Ningún juicio de valor ofrece una verdad incontestable. Todos son relativos y todos son dis­cutibles.

        II. Los valores forman jerarquías, cuyas prioridades fun­damentan la mayor parte de las dis­cusiones. No argumentamos a favor o en contra de un deter­minado valor, sino a favor o en contra de su prioridad.

        III. Las cuestiones de valoración son cuestiones de grado. Las cosas son buenas o malas hasta cierto punto. De aquí que, con frecuen­cia, las mejores soluciones sean com­binaciones en mayor o menor grado de las propues­tas enfren­tadas.

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[1] Shakespeare: El Mercader de Venecia.

[2]  Ensayos, III,I: De lo útil y de lo honesto.

[3]  Sobre la paz.

[4]  VIII, 16.

[5]  Los Heráclidas. El refranero dice: Honra y provecho no caben en un saco.

[6] Cartas, 93, 2,4.

[7] Recuerdos de Sócrates. I, II.

[8]  Código de las Siete Partidas.

[9] Vidarte.

[10] Tolstói: Guerra y Paz.

[11] Shakespeare: El Mercader de Venecia.

[12]  Paulos.

[13] Diógenes Laercio VIII, 5.

[14]  Platón: Critón.

[15] Eurípides: Medea.

[16]  Filípica I.

[17]  Cartas a Atico 420, 4.

[18] Cartas. 185. 3,14.

[19] Álvaro Delgado Gal. Diario El País.

[20]  Primera Filípica.

[21] Shakespeare: Julio César.

[22]  Dante: Divina Comedia. Canto 4.106.

[23] Diógenes Laercio.

[24] Cartas. 185, 2.11

[25]  Tucídides, III, 10.

[26] Cartas. 93,12.

[27] Diógenes Laercio.

[28]  Tito Livio, XXIII, 9, 2-8.

[29]  XII, 24.

[30]  Tucídides, I, 32.

[31] Montaigne. Ensayos I, L: De Demócrito y Heráclito.

[32]Discursos dobles I, 3 (en Melero: Sofistas).

[33] El País, 5/5/99.

[34] Galdós: El abuelo.

[35] Shakespeare: El Mercader de Venecia.