USO DE RAZÓN.  ESTA ES LA CUESTIÓN. © Ricardo García Damborenea

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INTRODUCCIÓN

 

¿DE QUÉ ESTAMOS HABLANDO?

 

Índice:

La cuestión

Cómo delimitamos la cuestión

Los debates que suscita la acción

Resumen

 

Sócrates— Supongo, Gorgias, que tú también tienes la experiencia de numerosas discusiones y que has observado en ellas que difícilmente consiguen los interlocutores precisar el objeto sobre el que intentan dialogar.[1]

 

 1. La cuestión

 

   ¿Qué es lo más importante para abordar una dis­cusión? Saber de qué se dis­cute. Tal homenaje a Perogrullo no es gratuito. La experiencia cotidiana muestra la facilidad con que nos enzarzamos en disputas mal establecidas. Tan absurdo como encar­gar un traje sin conocer quién lo vestirá es preparar ar­gumentos antes de averiguar qué debemos defender y cuáles son las exigencias de su defensa. Así pues, el principal mandamiento para quien pretenda participar en un intercambio de ideas, dice que, lejos de mal­gastar sus primeras energías en un acopio tal vez inútil de razonamien­tos, deberá precisar el ob­jeto sobre el que intenta dialogar: ¿en qué con­siste el desacuer­do? ¿dónde radica el meollo de la discrepan­cia? ¿qué me niegan? ¿qué pretendo concretamente rechazar?

 

— Debieras pensar en tu futuro y tomarte más en serio los estudios.

— Pero, papá, si tú a mi edad pasabas más tiempo en el bar que en clase.

— Mira, hijo, si quieres discutir conviene no mezclar las cosas. ¿Está bien o mal lo que yo te digo? ¿Estuvo bien o mal lo que yo hice? ¿Justifican mis errores los que tú cometas? Son tres cosas distintas: ¿cuál quieres que dis­cutamos?

 

   Cuando no establecemos adecuadamente los límites de la discon­for­midad, resulta un guirigay en el que nadie se entiende porque cada uno trata sobre cosas diferentes. No es raro escuchar debates en los que un par­ticipante porfía que los hechos no han ocurrido, mientras su oponente sos­tiene que son un crimen, y un tercero afirma que estuvo muy bien hecho, cues­tiones todas manifiestamente distintas e incompatibles. Es preciso, pues, deter­minar la cuestión.

 

   Surge una controversia cuando existen dos opiniones en­contradas sobre una mis­ma materia, por ejem­plo: la TV es buena para los niños/ la TV es perjudicial para los niños. Al objeto de este desacuerdo, a lo que se dis­cute, a lo que se cues­tiona, lo llamamos cuestión, porque suele enunciarse en forma de pregun­ta: ¿Es buena o mala la TV para los niños? o, lo que es igual: Si la TV es, o no, buena para los niños.

 

Una mujer dijo: Mi hijo es el vivo y tu hijo es el muerto. Pero la otra replicó: No; tu hijo es el muerto y mi hijo es el vivo.

 

   La cuestión es, pensó Salomón, averiguar cuál de ellas dice la ver­dad. Ham­let no se muestra menos preciso al señalar el problema: Esta es la cues­tión, esto es lo que no sabemos y lo que hemos de resolver: si con­viene más ser o no ser, estar vivo o dejar de estarlo.

 

 

2. ¿Cómo delimitamos la cuestión?

 

Todo lo que se discute se reduce a tres cues­tiones: Si existe la cosa, qué es la cosa y cómo es la cosa. Cicerón.[2]

 

   Aunque pudiera parecer que las posibilidades de controversia son in­finitas, todas las cuestiones se reducen a tres variedades porque únicamente son tres las dudas o cosas dudosas sobre las que podemos discutir:

 

                  a. Si una cosa existe o no, por ejemplo, si un hecho se ha producido o no.

                  b. En qué consiste, esto es, qué nombre le corresponde

                  c. Si nos parece bien o mal.

 

            a. Se discute sobre si algo es cierto o posible: si ha ocurrido o no, si es como se cuen­ta o de otra manera. En suma: se discute acerca de los hechos y sus cir­cunstan­cias. Por ejemplo:

 

    Si Greenpeace ha paralizado, o no, la producción de una empresa en Alicante.

    Si en la clínica Gutiérrez se ha practicado, o no, un aborto esta semana.

    Si el Madrid ganará la liga de fútbol.

 

   A este tipo de cuestión la llamaremos de hechos o conjetural, porque en ella, faltos de evidencias, discutimos sobre conjeturas para saber si algo (un hecho o una intención) se da o pudiera darse.

 

            b. Aceptando que los hechos han ocurrido, o que pueden ocurrir, cabe la dis­cusión sobre qué nombre hemos de ponerles. Por ejem­plo:

 

  Si cuando Greenpeace recurre a la fuerza contra las empresas debemos con­siderarlo un rasgo de altruismo, un exceso juvenil o una forma de terrorismo.

  Si el aborto de la clínica Gutiérrez constituye un acto médico normal, o un asesinato.

 

   A esta variedad la llamaremos cuestión nominal o de palabras, porque en ella se debaten los nombres de las cosas, para conocer qué son, en qué consis­ten.

 

            c. Estando de acuerdo en que los hechos son ciertos, e in­depen­dien­te­mente de la denominación que merezcan, se puede discutir si están bien o es­tán mal y si con­vienen o perjudican. De este modo se debate por ejemplo:

 

  Si lo que hace Greenpeace es útil, o representa una amenaza para la industria.

  Si en la clínica Gutiérrez se hizo lo mejor que se podía hacer dadas las cir­cunstan­cias.

  Si el triunfo del Madrid lo estimaremos como una bienaventuranza o una calamidad.

 

   A este tipo de cuestión la llamaremos evaluativa o de valoración, por­que en ella se confron­tan juicios de valor para establecer si las cosas son buenas o malas y en qué grado.

 

   Estas son, pues, las tres posibilidades de debate que ofrece cualquier asun­to. Las llamamos cuestiones de conocimiento por­que nos sirven para explicar y juzgar los hechos. Tocaremos una de ellas o todas seguidas según sea nuestro grado de infor­mación. Así, por ejemplo, mirando al pasado, podemos discutir sucesivamente: si la cosa ha ocurrido (cuestión con­jetural), cómo la llamaremos (cues­tión nominal) y qué nos parece (cuestión de valoración).

 

  Si Greenpeace ha paralizado o no una empresa en Alicante;

  Si hemos de considerarlo una hazaña o un sabotaje;

  Si, pese a todo, nos parece que estuvo bien o mal hecho.

 

   Como es obvio, si lo hechos no se rechazan, el debate comien­za en la cuestión nominal, y si ésta tampoco se discute, será posible dirigirse direc­tamente a la valoración. Del mismo modo se abordan las cosas del futuro: si son posibles, cómo se llaman y qué nos parecen.

 

 

3. Los debates que suscita la acción

 

   Nada nos impide polemizar sobre una o varias de las cuestiones básicas, pero lo habitual es que nuestros debates no se limiten a ellas, esto es, al análisis de los hechos. Discutimos al servicio de la acción (praxis). Queremos dejar sen­tado cómo son las cosas por­que nos esperan preguntas adicionales: ¿hay que hacer algo? ¿qué es lo que habría que hacer? ¿cómo conseguirlo? Estamos hablando de cues­tiones de ac­ción. Nos interesan las cues­tiones de conocimiento como preludio y fun­damento de nuestras decisiones.

 

   Aquí ocurre tam­bién que los debates imaginables son infinitos pero sus variedades se reducen sustancialmente a dos: la deliberación (¿qué hacer?) y el enjuiciamiento (¿quién es el respon­sable?).

 

   En la deliberación nos ocupamos del futuro, no para vaticinarlo, como cor­responde a una cuestión puramente conjetural, sino para escoger cómo nos conviene actuar.

 

Si se debe invitar a Greenpeace a visitar todas las empresas del país.

Si el Estado debe cerrar la empresa contaminante.

Si el Estado debe compensar a la empresa perjudicada.

 

   Son cuestiones de acción que no podremos resolver sin repasar antes las cues­tiones de conocimiento en cada una de las alter­nativas disponibles.

 

   En el enjuiciamiento discutimos sobre personas para delimitar respon­sabilidades, lo que nos obliga a tocar cues­tiones con­jeturales (¿intervino?), de nombre (¿imprud­en­cia temeraria o ac­cidente?), y de valoración (hizo bien, hizo mal, hizo lo que pudo), para concluir con una deliberación (¿merece un premio o un castigo?).

 

   Bien se ve que tanto la deliberación como el enjuiciamiento son debates mix­tos que pueden albergar discrepancias múltiples.

 

¿Qué hizo Pinochet?

¿Cómo lo llamaremos?

¿Qué juicio nos merece?

¿Qué procede hacer con él?

¿Quién debe hacerlo y dónde, cuándo, cómo...?

 

   Todas estas cuestiones, y algunas más, rondan (y embrollan) el caso Pinochet. Es obvio que no se pueden discutir al mismo tiem­po, salvo que deseemos (cosa frecuente) confundir al auditorio.

 

Los que disputan han de convenir primero en lo que tratan, que es lo que llaman estado de la causa, o el punto de que principalmente se duda (Fr. Luis de León)

 

  * * *

 

   En suma: el primer paso en toda polémica debe servir para precisar la cues­tión: ¿qué es lo que se dis­cute? ¿sobre qué asun­to y sobre qué aspec­to de dicho asun­to? A esto nos referimos cuando hablamos de centrar el debate o acotarlo.

 

Vosotros pensáis que lo que se trata es si se ha de hacer la guerra o no: y no es así. Lo que se trata es si esperaréis al enemigo en Italia, o si iréis a combatirlo en Macedonia, por­que Filipo no os permite escoger la paz.[3]

 

   Si no queremos dar facilidades a un contrincante, importa cuidar dos cosas:

 

        A - Que el debate no se desvíe de la cuestión que está en cada momento sobre la mesa.

 

—Que no me den a mi a entender que ésta no sea bacía de barbero y ésta albarda de asno.

—Bien podría ser de borrica — dijo el cura.

—Tanto monta, que el caso no consiste en eso, sino en si es o no es albarda.

 

        B - Que al tratar diversas cuestiones se guarde el orden que la lógica reclama.

 

   Cuando un asunto nos obliga a considerar varias cuestiones es una locura con­fundir­las o mariposear sobre el­las. Debemos impedir cualquier des­viación de la cuestión: eso NO es lo que es­tamos discutiendo. Ya llegará el momento de tratarlo. Importa mucho ordenar el debate para solventar todas las diferen­cias sucesiva­mente. Sería absurdo discutir sobre la corrección de unos hechos que no están probados o que, si lo están, no se con­sideran per­niciosos.

 

Me plantea usted la cuestión de si en el ingenio hay exceso de unas naciones a otras, y, en caso de haber desigualdad, a cuál o cuales se debe adjudicar la preferencia. La cuestión consta, como se ve, de dos partes. En la primera se da por sentada aquella desigualdad, pues la suponen quienes plantean la segunda: conceder ventaja a esta o aquella nación.[4]

 

Aristipo pedía una vez dinero a Dionisio. Objetó éste que, según el propio Aristipo, el sabio no lo necesita. Respondió Aris­tipo: Dame el dinero, y luego entraremos en esa cues­tión. Dióselo Dionisio, y al momento dijo el filósofo: ¿Ves cómo no necesito?.[5]

 

   Llamamos división a la tarea de señalar y ordenar todas las cuestiones que pueden intervenir en un debate. Una buena división asegura tres cuar­tas partes del éxito porque despliega con claridad lo que está en juego, lo que debemos defender y a­quello que será preciso refutar. De ella, sin nin­gún esfuerzo adicional brotan los ar­gumentos, porque ella misma los exige y en buena parte los sugiere.

 

El cuidado de establecer bien las cuestiones, de plantearlas con exac­titud y acierto, y de no permitir que salgan de su terreno, es de mayor interés para el que habla el último, porque a veces con sólo este trabajo fácil y sencillo, desvanece cuanto se ha dicho antes, e inclina a su favor la balan­za sin otros esfuerzos ni fatiga. Suele ocurrir que el que habla primero apela al medio de des­naturalizar la cuestión para mirarla bajo el aspecto que más le con­viene. No se necesita, pues, entonces otra cosa que traerla a sus verdaderos tér­minos, y con esto sólo vendrá a tierra todo el edificio y toda la gran balumba que haya podido levantar un adver­sario diestro y poco escrupuloso. Joaquín Mª López.

 

 

   Delimitadas de esta manera las cuestiones posibles, conviene ahora que las veamos un poco más despacio, porque cada una de ellas impone modos peculiares para la defensa y la refutación. Comenzaremos por la primera, es decir: la cuestión conjetural.

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Resumen

        I. Controversia es el debate que surge entre dos opiniones contradic­torias.

        II. Cuestión es aquel aspecto del asunto en que se condensa la controver­sia.

        III. Las cuestiones básicas o de conocimiento, pueden ser de tres tipos:

                        Conjetural, cuando se discuten hechos que no son patentes.

                        Nominal, si se disputa sobre el nombre.

                        Evaluativa, que se refiere a la valoración.

        IV. La mayor parte de los debates complejos, que plantean cuestiones de acción, respon­den a dos modelos principales:

                        La deliberación sobre qué hacer.

                        El enjuiciamiento de una responsabilidad.

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[1]  Platón: Gorgias.

[2]  El Orador, 14,45.

[3]  Tito Livio, XXXI, 5.

[4] Feijoo. Cartas, 13.

[5] Diógenes Laercio: Arístipo.